sábado, 20 de julio de 2019

Domingo XVI del tiempo ordinario

1ª lectura: Génesis 18,1-10a; Salmo 15(14),2-3.3-4.5; Colosenses 1,24-28; Evangelio según San Lucas 10,38-42.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y acepta tal como somos, con nuestros defectos y virtudes.
Esto es lo que una vez más, Jesús nos enseña a través de este hermoso fragmento del Evangelio.

Obra del P. Ricardo Ramos
Jesús se encuentra en la casa de sus amigos en Betania. Sólo esto da mucho para meditar: poder contemplar a Jesús con sus amigos, tres hermanos, cada uno con sus peculiaridades, pero que son amados por Jesús sin condiciones; una casa que lo recibe a menudo cuando Jesús viaja a Jerusalén, la capital del poder religioso y político de Israel. Es notable que Jesús elige pasar la noche no en Jerusalén, la casa del poder, sino en Betania, que en hebreo significa la “casa del pobre”. Está a tres kilómetros de Jerusalén, como ir de aquí a Piedras Blancas.

En esta casa se da una escena simple, pero profunda a la vez. Marta cumple con sus deberes de hospitalidad hacia el visitante; su hermana, María, está sentada a los pies de Jesús, escuchando su Palabra, como extasiada. Marta se termina enojando, porque su hermana la dejó sola para los deberes de la atención del huésped, y su amistad y confianza con Jesús le permiten hacerle un reproche: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Es una reacción muy natural, que seguramente alguna vez nos pasó en nuestra casa. La respuesta de Jesús es la del Buen Maestro y Amigo que la corrige con cariño: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”. Esta respuesta nos permite varias reflexiones.

Marta está tan ocupada, que está perdiendo la oportunidad de disfrutar de la presencia del Amigo. Me hace acordar a cuando uno va a un cumpleaños a saludar a una persona querida, y ésta no para un segundo en la mesa, sino que entra y sale una y otra vez trayendo comida y bebida; al final, uno termina charlando con cualquier otra persona, menos con la que quería. Marta está tan ocupada que está perdiendo la oportunidad de escuchar al Maestro. ¡Tiene a Jesús sentado en su casa! ¡Qué privilegio, que ni siquiera nos da la inteligencia para imaginárnoslo!, y ella se permite desperdiciarlo.

Pero entonces, ¿qué?, ¿Marta tiene que dejar de servir?, ¿y quién se encarga de tantas cosas tan necesarias para la vida cotidiana? El problema de Marta no es lo que hace, sino con qué corazón lo hace; su problema es que está inquieta y agitada, molesta, descentrada. Ella está concentrada en no fallar a las normas de hospitalidad, en no “quedar mal” frente a la visita, más que en la atención amorosa al Amigo que viene de visita. María sabe que con semejante Presencia en la casa, no hay nada más importante que escucharlo. La corrección de Jesús se dirige a las intenciones y el corazón de Marta; y sus palabras fueron escuchadas. En el Evangelio de San Juan, luego de la resurrección de Lázaro, se nos cuenta que los amigos de Betania le ofrecen una cena de agradecimiento, y Marta está… ¡sirviendo! Pero sin agitación ni inquietud, sino con el amor como centro. Marta es un ejemplo más de cómo Jesús nos acepta con nuestros defectos y virtudes. En el mismo Evangelio de Juan se nos muestra cómo es ella, la primera discípula en llegar a la madurez del discipulado. El evangelio nos muestra el proceso del discípulo que en el comienzo necesita ver un signo o milagro que le muestre la gloria de Dios para poder creer; antes de la resurrección de Lázaro nos muestra a Marta creyendo sin ver, y su fe permite que la gloria de Dios se manifieste en el gran signo de la resurrección de su hermano; es también la primera en declarar a Jesús como “el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.

Como dice un Biblista, el P. Fidel Oñoro, lo ideal para nosotros sería servir con el corazón de María, y las manos de Marta; es decir, ser activos como Marta, pero centrados en el amor que María demuestra.

A este Dios que nos ama y acepta tal como somos, le pedimos que nos regale tomar conciencia de cuánto nos ama, y que nos acepta tal como somos; y a María, Madre de Misericordia, que nos regale centrar nuestro corazón en el amor de su Hijo, “la única cosa necesaria”.

sábado, 13 de julio de 2019

Domingo XV del tiempo ordinario

1ª lectura: Deuteronomio 30,10-14; Salmo 69(68),14.17.30-31.33-34.36.37; 2ª lectura: Colosenses 1,15-20; Evangelio según San Lucas 10,25-37.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios! que, en Jesús, es como el buen samaritano para nosotros.

Contemplamos un texto del evangelio de los más conocidos, pero que es bueno analizar en profundidad.
El texto tiene dos partes: el diálogo del maestro de la ley con Jesús, y dentro de éste, la parábola del Buen Samaritano.

Se acerca a Jesús un maestro de la ley, es decir, un referente de la religión judía, que se sabía de memoria el Antiguo Testamento y la innumerable cantidad de normas que los fariseos hicieron derivar de la ley de Moisés. Se acerca a Él no para saber qué piensa Jesús, ni para intercambiar opiniones con Él, sino que lo hace con la intención de poner una prueba a Jesús que lo deje mal parado frente a los demás, y le pregunta qué hacer para heredar la vida eterna. Jesús, de manera brillante una vez más, esquiva la trampa y le devuelve la pregunta para que el maestro conteste según la ley. El maestro le contesta lo que cada judío reza todos los días, el "Shema" (Escucha Israel), que indica el amor a Dios y al prójimo. Jesús, luego de afirmar su respuesta le dice "obra así y alcanzarás la vida". Pero el maestro de la ley no quería quedar en ridículo frente a los demás, y por eso le hace una nueva pregunta: ¿quién es mi prójimo? Jesús le contesta con la parábola del Buen Samaritano.

Jesús nos sitúa en el camino que baja de Jerusalén (a unos más de 500 metro de altura) a Jericó (a unos 240 metros bajo el nivel del mar) de unos casi 30 km. Es un camino transitado, ya que Jerusalén es la capital del gobierno, y Jericó es una ciudad fronteriza, de mucho comercio. Ya hace 2000 años Jesús nos presenta una situación de inseguridad. El camino es conocido por su peligrosidad para quien viaja solo, ya que los ladrones están al acecho. Para la gente de la época de Jesús, le fue muy fácil imaginarse la situación del hombre robado y apaleado en este camino. Lo que sigue son tres ejemplos, de dos actitudes, la indiferencia y la solidaridad. Un sacerdote judío y un levita, los más religiosos, supuestamente, del pueblo, evitan ver al hombre y siguen su camino. Quien se detiene y es solidario es un samaritano, un hombre despreciado por los judíos debido a su origen. Este samaritano hace una obra perfecta con el herido, descripta en siete acciones: "al pasar junto a él, 1) lo vio y 2) se conmovió. Entonces 3) se acercó y 4) vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después 5) lo puso sobre su propia montura, 6) lo condujo a un albergue y 7) se encargó de cuidarlo". Y fue más allá aún: "Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'." El hombre despreciado fue el prójimo del herido, hecho que notó el maestro de la ley. Jesús lo exhorta a obrar de la misma manera.

Pero en una segunda lectura nos podemos dar cuenta de que Jesús fue para nosotros el Buen Samaritano, ya que viendo a la humanidad herida en su relación con Dios. Porque Él se acercó, se encarnó, haciéndose uno de nosotros igual en todo, menos en el pecado; y vendó sus heridas, Jesús sanó a la humanidad herida con su amor fiel hasta la Cruz; después lo puso sobre su propia montura, Él cargó sobre sí todos nuestros pecados y nuestros aspectos más negativos; lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'; Él nos cuida, pagó por todas nuestras deudas, también las futuras, y fue a prepararnos un lugar en el Cielo.

"Ve, y procede tú de la misma manera". Jesús nos invita a que, después de tomar conciencia de su amor que nos sana, seamos para los demás como el Buen Samaritano, estando atentos a las necesidades de los demás y, sobre todo, conduciendo a los demás al Único capaz de sanarnos y salvarnos: Jesús.

A este Dios tan bueno le vamos a pedir que nos ayude a seguir tomando conciencia de su amor; y a María, Madre de Misericordia, que nos ayude a ser como Jesús, buenos samaritanos para los demás. 

sábado, 6 de julio de 2019

Domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo C.

1ª lectura: Isaías 66,10-14; Salmo 66(65),1-3.4-5.6-7.16.20; Gálatas 6,14-18; Evangelio según San Lucas 10,1-12.17-20. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que nos ama y nos acepta tal como somos, y así como somos nos envía como sus misioneros.

En el episodio del evangelio que meditamos hoy, contemplamos a Jesús enviando a sus discípulos de misión. El número 72 nos podría estar indicando, junto a los 12 Apóstoles que no están incluidos, que toda la comunidad es protagonista de esta misión. Esta delegación va "precediendo al maestro", "preparando el camino". Es una observación que nos puede llevar a la reflexión. Nosotros preparamos el camino, pero el encuentro con Jesús es un regalo de Jesús que escapa a nuestra actividad. A continuación, Jesús les dice dos frases que les muestran parte de la realidad de esta misión: es una misión vasta, y los misioneros son pocos, por lo tanto hay que pedir al Dueño de la mies a que envíe más trabajadores; y los envía como corderos en medio de lobos, es una actividad que los expondrá al conflicto, al rechazo, y hasta al martirio.
Luego les hace indicaciones aparentemente "prácticas" pero que encierran varias enseñanzas: "No lleven dinero, ni alforja, ni calzado", no lleven nada que les dé una falsa seguridad, nuestra seguridad es la compañía de Dios, ésto nos hace crecer en la confianza en la Providencia; "no se detengan a saludar a nadie por el camino", la misión es urgente, no admite demoras, como ya nos lo había mostrado en los textos que meditamos en los domingos anteriores; luego hace indicaciones sobre la llegada y permanencia en las casas, llegan dando gratuitamente la paz, deben aceptar con humildad lo que el anfitrión les dé, y mostrar con gestos concretos que "El Reino de Dios está cerca de ustedes". Si no son recibidos, sin mayor conflicto, a sacudirse el polvo de las sandalias y seguir el camino, porque Jesús no obliga a nadie a recibirlo.

Al regreso los setenta y dos están felices, por las maravillas que contemplaron, y Jesús los confirma en esa alegría, pero los ayuda a encontrar el verdadero motivo de alegría, que San Pablo nos define con esta hermosa frase de la carta a los Gálatas: "Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo". Es decir, existe la tentación de que el discípulo crea que las maravillas que realiza son obra de su poder, y así convertirse en soberbio. El discípulo es sólo un instrumento del amor de Dios; sólo el amor de Dios es el que obra tales maravillas a través de los discípulos. Por este motivo elegí esta frase como lema de mi ordenación diaconal y sacerdotal, porque existe la tentación de marearse con el reconocimiento de la gente, de que porque nos dicen "qué lindo lo que dijo", qué linda misa", qué bien me hizo hablar con usted", nos terminemos creyendo que esto se debe a nuestra genialidad personal, y no al Espíritu Santo que nos ayuda a actuar "en persona de Cristo", de olvidarnos que sólo somos su instrumento. Por eso, quiero vivir esto en mi vida: Dios me libre gloriarme de otra cosa que no sea su amor fiel hasta la Cruz, de ese amor que es el único que nos hace plenos.

A este Dios tan bueno, vamos a pedirle que nos ayude a tomar conciencia de que también a nosotros Él nos envía a la misión, para anunciar al mundo su eterno amor; y a María, Madre de Misericordia, la mujer humilde por excelencia, que nos ayude a reconocer la obra del Espíritu Santo en nosotros, para que podamos gloriarnos solo en la Cruz de Jesucristo.

sábado, 22 de junio de 2019

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

1ª lectura: Génesis 14,18-20; Salmo 109,1-4; 2ª lectura Carta I a los Corintios 11,23-26; Evangelio según San Lucas 9, 11b-17.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que porque nos ama se hizo pan que nos alimenta y nos regala la vida eterna.

Celebramos hoy la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, una oportunidad para profundizar sobre el significado y la importancia de la Eucaristía en nuestra vida.
¡Qué bueno es Dios!, que nos conoce en profundidad, y porque sabe que necesitamos signos concretos, eligió permanecer entre nosotros en forma de un poco de pan y vino consagrados.

Como decimos luego de la consagración, “este es el sacramento/misterio de nuestra fe”. Como dijimos la semana pasada, es un misterio, algo que se nos manifiesta aunque no por completo, que nos implica, pero no se deja poseer por completo, que no se ajusta a nuestros esquemas mentales, pero si creemos en él transforma nuestra vida.

Sabemos que la Eucaristía fue instituida por el mismo Jesús en la Última Cena. En esa cena, Jesús instruyó por última vez a los discípulos antes de la Pasión. Fue una comida pascual. Los judíos celebraban en ese día la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Celebraban la Alianza que Dios hizo con su pueblo, como leemos en el libro del Éxodo. Jesús cambió por completo el significado de esa comida al decir que el pan partido es su Cuerpo, y el cáliz, es el cáliz de la alianza nueva y eterna, de la sangre que será derramada para la salvación del mundo. De esta manera anticipó su acto de amor extremo en la Cruz, donde su carne será despedazada, y su sangre derramada, donde por su fidelidad nos reconcilió con Dios, nos salvó. Al agregar "hagan esto en memoria mía", pensó en nosotros, en todos aquellos que no estuvimos presentes en la Cruz, para que hoy, al celebrar la Eucaristía, actualicemos en nosotros los efectos salvíficos de la Cruz. Así es que la Eucaristía es un gran regalo del amor de Dios.

La Carta a los Hebreos nos enseña que el mismo Jesús es el garante de la Nueva Alianza. La Antigua Alianza fue muchas veces quebrantada por el pecado del pueblo. Esta Nueva Alianza es eterna, porque Jesús mismo con su fidelidad la selló para siempre. Aunque nosotros fallemos y con nuestras actitudes rompamos la relación con Dios, la Alianza no se quiebra, porque Él, Jesús, fue fiel hasta el fin.

Jesús nos dice en el Evangelio según San Juan, que Él es el pan vivo bajado del Cielo, pan que da vida, pan que nos regala la plena comunión con Dios y nuestros hermanos, pan que nos regala la verdadera felicidad.
Creo que si estudiamos a fondo los hechos que conmovieron al barrio en estos días, si logramos ver más allá del miedo, el enojo o el desconcierto, vamos a comprender que en el fondo, lo que vemos detrás de tanta violencia, es un grito de profunda insatisfacción y frustración, de enojo por promesas incumplidas. Es el grito de una humanidad infinitamente necesitada, que sólo puede ser satisfecha por un infinito, Dios; y por eso, Él se hizo Pan, para saciar nuestra eterna insatisfacción. Al contemplar estos acontecimientos, podemos entender que nada satisface al ser humano, solo Dios; que aunque se busquen paliar necesidades materiales, son las espirituales las que seguirán reclamando a gritos.

A este Dios que es tan bueno, tenemos mucho para pedirle hoy: vamos a pedirle que nos ayude a crecer en conciencia de la Eucaristía como acto de amor; de que no importa que nos parezca "aburrida"; no importa si el sacerdote tiene más o menos carisma; si hay guitarra y coro o no; lo que importa es que celebramos que Dios nos ama tanto como para darse a nosotros como alimento; también que este alimento de comunión nos ayude a seguir colaborando para que todos nos sintamos parte de una misma comunidad, donde nadie se sienta marginado. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que nos dio a luz al Pan del Cielo, que nos ayude a tener un corazón disponible como ella a la acción del Espíritu y así podamos ser misioneros de su amor, que se hace realmente presente en cada Eucaristía, y es el único que puede saciar esta necesidad infinita que poseemos; es el único que puede hacernos sentir plenos. 

domingo, 16 de junio de 2019

Solemnidad de la Santísima Trinidad.

1ª lectura: Proverbios 8,22-31; Salmo 8,4-5.6-7.8-9; Romanos 5,1-5; Evangelio según San Juan 16,12-15.

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es amor que se comunica, que es amor que vive en comunidad.

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad, este misterio por el cual confesamos nuestra fe en un solo Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo creemos porque así se nos reveló nuestro Dios, a través de las Sagradas Escrituras, el testimonio de la tradición apostólica, el Magisterio de la Iglesia y el sentido de la fe del Pueblo de Dios. Pero es misterio: algo que se nos manifiesta aunque no completamente; algo que nos implica, pero no se deja poseer por completo; algo que no podemos ajustar a nuestros esquemas mentales, pero que, por la fe, transforma nuestra vida.

¡Qué bueno es Dios!, que respeta nuestra naturaleza y libertad, y por eso se revela progresivamente, amablemente, con mucho respeto hacia nosotros. Con razón leemos en el libro del Éxodo: “El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad”. Así se ha revelado en toda la historia de la humanidad, y si lo meditamos en profundidad, así se ha revelado en nuestra propia vida. Moisés se atrevió a decir, en su diálogo de mediación entre Dios y el pueblo: “Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia”. Hoy nosotros sabemos que realmente Dios nos brinda su amistad, y a pesar de que muchas veces no escuchamos su Palabra, ni obramos con amor; aunque muchas veces pecamos, Él se mantiene fiel, brindándonos su perdón y su amor; y gracias a la fidelidad de Jesús, nos convirtió en el Pueblo de su herencia.

Por este motivo, el salmo nos invita a bendecir al Señor, porque el universo está lleno de su amor, y San Pablo nos exhorta a permanecer en ese amor, a gloriarnos del amor de Dios, aún en medio de dificultades, porque ese permanecer en Dios produce constancia, virtud y esperanza.

Por último, el Evangelio nos muestra cómo el Espíritu Santo que nos fue dado nos ayuda a comprender tantas verdades de fe, que intelectualmente nos aparecen como difíciles. 

Así es. La Solemnidad de la Santísima Trinidad, nos da muchos motivos para decir: ¡qué bueno es Dios! Nuestro Dios se nos revela como comunidad, y gracias a la fidelidad de Jesús, hemos sido hechos parte de esa comunidad de amor. Por esto estamos invitados a vivir nuestra fe en comunidad, y a tratar de manifestar en nuestras relaciones ese mismo amor con que se relacionan las Personas Divinas.

A este Dios que es Uno y Trino, que es tan bueno y nos ama tanto, le vamos a pedir que nos ayude a permanecer en su amor, y a María, nuestra Madre que nos ayuda, que conoció como nadie a la Santísima Trinidad; ella que escuchó la voz del Padre, y permitió que el Espíritu Santo se hiciera fecundo en ella para engendrar al Hijo; a esta mujer formidable le vamos a pedir que nos ayude a imitarla, a estar atentos a la voz del Padre, a dejar que el Espíritu obre en nosotros, y así podamos ser discípulos misioneros de Jesús y su Evangelio.

sábado, 8 de junio de 2019

Pentecostés

1ª lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11; Salmo 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34; Carta I de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13; Evangelio según San Juan 20,19-23. 

Queridos/as hermanos/as:
¡Qué bueno es Dios!, que nos ama tanto, que nos envía su Espíritu Santo que nos sostiene en la fe y nos ayuda a comprender las enseñanzas de Jesús.

Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, el día en que el Espíritu Santo hace sentir su presencia en los Apóstoles y en toda la Iglesia.

Una vez más celebramos que Dios cumple sus promesas. Hoy cerramos el tiempo de Pascua, en que celebramos el cumplimiento de la gran Promesa hecha a nuestros primeros padres cuando pecaron y rompieron la comunión de Dios, la Promesa de que enviaría un Salvador que sanara nuestras heridas. En Jesús, Dios se hizo uno de nosotros, y por su fidelidad nos salvó; por su Cruz y Resurrección sanó todas nuestras heridas. El domingo pasado celebramos su regreso junto al Padre.
Durante tres años transmitió sus enseñanzas a los discípulos, pero ellos no comprendían muchas de sus palabras. Jesús les prometió que enviaría su Espíritu, que les enseñaría la verdad completa.

Una vez más, hoy Jesús cumple sus promesas, y es formidable ver cómo el Espíritu Santo renueva la vida de estos discípulos; cómo los convierte de personas que no comprendían mucho a personas que descubrieron la profundidad del Evangelio; de personas encerradas por miedo a valientes misioneros de Jesús y su Reino.
No en vano se eligieron como representación del Espíritu al fuego que quema y purifica, al viento que sopla donde quiere y mueve. Con razón el salmista exclama: "Señor, Dios mío, ¡qué grande eres!

Este mismo Espíritu nos regaló la fe, y llena la Iglesia con sus dones, nos permite creer en Jesús y nos sostiene en la esperanza.

Vamos a dar gracias al Señor por regalarnos su Espíritu y le vamos a pedir que nos ayude a ser dóciles a Él. Y a María, nuestra Madre que nos ayuda, ella que mantuvo a la comunidad de los apóstoles unidos en oración a la espera del Espíritu, ella que escuchó y obedeció, nos ayude a estar abiertos al Espíritu, de manera que podamos decir: "Envía, Señor, tu Espíritu. Renueva nuestra vida, renueva la faz de la tierra.

sábado, 1 de junio de 2019

La Ascensión del Señor

1ª lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11; Salmo 47(46),2-3.6-9; Hebreos 9,24-28.10,19-23; Evangelio según San Lucas 24,46-53. 

Queridos/as hermanos/as:

¡Qué bueno es Dios!, que es fiel a sus promesas.

Celebramos hoy la Ascensión del Señor, el Regreso de Jesús junto al Padre, un nuevo cumplimiento de la Promesa.

Como he dicho otras veces, el plan de Dios para la humanidad es un plan de felicidad en comunión con Él y con los hermanos. Pero nuestros primeros padres se hicieron otro proyecto y rompieron la comunión con Dios, hecho que conocemos con el nombre de pecado original. La ruptura de la relación con Dios trajo como consecuencia la ruptura de las demás relaciones: entre los seres humanos; entre el ser humano y la Creación; y del ser humano consigo mismo. Nuestra naturaleza quedó herida. Pero inmediatamente, Dios promete el envío de un Salvador que sanará todas las heridas. Ésta es la gran Promesa que Israel esperará durante mucho tiempo. 

Esta Promesa se cumplió definitivamente en Jesús. En Él, Dios se hizo uno de nosotros, igual en todo, menos en el pecado; y siendo fiel al proyecto de amor del Padre hasta la muerte y muerte de Cruz, nos reconcilió con Dios, sanó todas nuestras heridas y nos abrió el camino de salvación. Y Dios lo resucitó al tercer día, cumpliendo sus promesas.

Con la Ascensión se cierra el círculo, que hermosamente describió san Pablo en su Carta a los Filipenses: “Jesucristo, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a si mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,6-11). Jesús salió del Padre, se hizo igual a nosotros, nos salvó, volvió al Padre, y ahora nos espera, preparándonos un lugar para ir con Él.

Jesús nos sanó y salvó; en Él Dios cumplió todas sus promesas. Pero nos salvó para vivir en comunión con Él y nuestros hermanos, porque el amor sano sólo sabe vivir comunicándose. Por eso, como Jesús envió a sus discípulos a todo el mundo a anunciar las obras de su amor, también nos envía a nosotros para ser mensajeros de su amor hacia tantos hermanos que viven angustiados, sin sentido, en oscuridad, y necesitan saber cuánto los ama Dios.

Es cierto que esta misión no es fácil, y muchas veces nuestros propios problemas nos paralizan, pero, como leímos en los Hechos de los Apóstoles, Jesús nos prometió enviar la fuerza del Espíritu Santo, para ser sus testigos en todo el mundo. El cumplimiento de esta promesa la celebraremos el próximo domingo, en Pentecostés.

A este Dios que nos ama tanto, vamos a pedirle que nos ayude a tomar conciencia del cumplimiento de sus promesas en nuestra vida, y a María, primera misionera de su amor, que nos ayude a tener la valentía de anunciar a nuestros hermanos cuánto nos ama Dios.