martes, 21 de marzo de 2017

70 veces 7.

Las lecturas de hoy (martes III de Cuaresma: Daniel 3,25.34-43; Salmo 25(24),4-5.6-7.8-9; Evangelio según San Mateo 18,21-35), nos invitan a crecer en la actitud del perdón.
En el evangelio, Jesús nos invitar a perdonar siempre, "poniéndonos el horizonte lejos", para que no nos conformemos con perdonar una determinada cantidad de veces, como le sugiere Pedro, sino siempre. Ciertamente es difícil vivir esta Palabra, pero el Espíritu Santo nos da la gracia necesaria para hacerlo posible, y suscita de entre nosotros personas que lo atestiguan. Uno de ellos fue el Padre Cacho, una de cuyas virtudes vivida en grado heroico es la capacidad de perdonar, tal como lo pide Jesús. De esta manera nos lo cuenta Mercedes Clara, en su libro "Cuando el otro quema adentro".

Setenta veces siete
Dice Pantera (uno de los jóvenes que convivió con Cacho) que «cuando metías la pata él te perdonaba las cagadas. No se enojaba, más bien quedaba dolido, porque volvías a perder la batalla con vos mismo». Es común que Cacho aproveche las conexiones personales para recomendar a muchachos del barrio en empresas. Y es común, también, que el mismo joven que postula con entusiasmo no responda a las exigencias del trabajo. Ante esto, Cacho no lo duda, al tiempo, lo vuelve a recomendar en otro lugar. «Cuando gastábamos la plata que nos daba para el boleto en otra cosa o le afanábamos algo, siempre nos descubría y nos preguntaba por qué lo hicimos, y la verdad que a veces ni sabíamos, era como una costumbre. Entonces lo hablábamos y prometíamos no hacerlo más», cuenta Marcelo Araujo.
Cacho sufre esas pequeñas decepciones en silencio. Su capacidad de perdón es ilimitada. No siente que sean artimañas con intención de dañarlo, más bien son estrategias de supervivencia que rigen la vida de algunos, y que no se cambian de un día para otro. Los conoce de sobra, sabe que el proceso tiene marchas y contramarchas. Igual que su espíritu, que se desanima un segundo, e inmediatamente, se arma otra vez, con un aprendizaje más en el haber. Y la memoria pronta a olvidar. Hay algo que tiene claro y, aunque le haga pasar malos ratos, lo reafirma: No me importa que los pobres me usen. Ellos han sido usados y manipulados toda su vida por los que tienen poder; está bien que alguna vez las cosas sean al revés.
Recuerda Esther del Pino que «un día llegó a la guardería con los ojos morados. Y yo le dije: “usted antes que un sacerdote es un hombre, póngase los pantalones, agarre un fierro y dele”. Cómo voy a hacer eso, comadre. Entonces le pregunté ¿Cuántas veces va a perdonar? Setenta veces siete, me dijo. ¿Voy a pasar una vida perdonando? Discúlpeme, Cacho, usted perdonará esa cantidad de veces porque es cura, pero yo no soy una monja, le aviso». Según Pantera, Cacho «cumplió lo de la biblia, le pegaban de un lado de la cara y ponía el otro; yo nunca pude entender cómo una persona así existía en estos tiempos, y me dolía más a mí que a él. Nunca lo entendí hasta que me lo explicó, pero igual sigo pensando que estaba loco, pero un loco lindo».
El modo de ser de Cacho cuestiona actitudes presentes en el barrio. Los vecinos no terminan perdonando setenta veces siete, pero sí algunas veces. Y sobre todo, aprenden que discutir no es ganarse un enemigo para siempre. «Alguien te hacía algo y le hacías la cruz para toda la vida, si podías vengarte, mejor», dice Elsa. «No sabíamos discutir, todo lo tomábamos a mal. Cacho nos enseñó que, si es para progresar, es buena la discusión, y al salir de la reunión se termina todo.» Aprender a participar requiere incorporar nuevos elementos para la convivencia. Es un proceso lento, trabajoso, pero van apareciendo los frutos. Aumenta el respeto y la capacidad de comprenderse. «Nadie es perfecto, nos decía, cuando hablábamos mal de alguien. ¿Usté, no se equivocó nunca? preguntaba, ¡ah!, porque yo sí», recuerda Esther. «El nos aceptó a todos como éramos, con defectos y virtudes, no excluía a nadie, desde una prostituta hasta un ladrón. Todo ser humano tiene derecho a cambiar. Él te daba la oportunidad.»
Y esa oportunidad genera un compromiso. Para Elida «Cacho nos dio el valor a nosotros. Era la palabra del vecino la que valía. Uno se sentía hasta capaz de pensar, de hablar bien, y después tenías que cumplir con esa palabra que habías dicho. Claro, no queríamos defraudarlo, porque él confiaba en nosotros más que nosotros mismos».
Cacho piensa que: nuestro pueblo ha practicado un ateísmo sobre la persona. Hemos dejado de creer en el otro, y ahora empieza a resurgir ese valor, creer en el otro como valor en sí, como persona, como ser capaz de hacer resurgir la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario